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El nombre de Samarcanda ha inspirado y atraído al corazón de Asia central a personajes como Alejandro Magno, o Marco Polo. Aunque Samarcanda es una ciudad muy antigua, que cuenta con más de 2500 años de historia, Gengis Khan se encargó de arrasarla por completo en el siglo XIII. La ciudad que ha perdurado hasta nuestros días, con sus fantásticos monumentos cubiertos con “majolicas” o azulejos de colores, fue construida por Timur, también conocido como Tamerlan, quien convirtió la ciudad de Samarcanda en la capital de su imperio. Uno de los nietos de Timur, Ulugh Beg, se encargó de la construcción de algunos de los edificios más emblemáticos de la mítica ciudad.
Lamentablemente, el bullicio que debió caracterizar a la ciudad en el pasado, ha desaparecido. Su fantástico conjunto monumental es lo que ha sobrevivido hasta nuestros días de la famosa ciudad de la ruta de la seda.
Llegamos a Samarcanda al atardecer procedentes de Bujara. Nada más dejar las cosas en el hotel, decidimos caminar por la ciudad con destino al Registán, uno de los lugares más emblemáticos de todo Uzbekistán. Para mi era sin duda uno de los puntos culminantes de nuestro viaje. A medida que nos acercábamos, los azulejos de colores que decoran las paredes del Registán, brillaban iluminados por la luz del atardecer. Aunque visitamos el complejo en una segunda ocasión, nada puede superar la majestuosidad del Registán a la puesta de sol.

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